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¿Qué es el aprendizaje basado en retos?

UNIE Universidad
Bombilla con una pared de fondo y un mapa de chinchetas

Durante años hemos hablado de innovación educativa como si fuera una meta lejana, y, sin embargo, cuando observamos cómo aprendemos fuera del aula, en el trabajo, en proyectos reales o resolviendo problemas concretos, el patrón se repite. Aprendemos mejor cuando hay un reto delante, cuando lo que hacemos tiene sentido y consecuencias, cuando no se trata solo de adquirir conocimientos, sino de ponerlos en juego.

Desde UNIE Universidad, en nuestro día a día, trabajando con metodologías activas y procesos de aprendizaje aplicados a contextos profesionales, vemos cómo este enfoque transforma no solo los resultados, sino también la actitud con la que se afronta el aprendizaje. Por eso, cuando hablamos de formación docente y universitaria, tiene sentido apostar por propuestas que integren estas metodologías de forma sólida, como hacemos en el Máster Universitario en Metodologías Activas e Innovadoras.

Pero, ¿qué es exactamente el aprendizaje basado en retos, cómo se estructura, qué beneficios aporta al alumnado y cómo puede aplicarse en el aula de manera realista?

¿Por qué el aprendizaje basado en retos transforma el aula?

El aprendizaje basado en retos cambia el aula porque cambia la manera en la que se aprende y también la manera en la que se participa. Cuando el punto de partida es un reto concreto, el alumno deja de ser un receptor pasivo de contenidos y pasa a tener un papel activo en todo el proceso.

Este enfoque también transforma la relación con el conocimiento. Los contenidos se convierten en herramientas necesarias para avanzar. Se aprende porque hace falta aprender, porque el reto lo exige. Esa lógica hace que el aprendizaje tenga más sentido y que el esfuerzo esté mejor justificado.

Además, el aula se convierte en un espacio más abierto y más realista. Hay debate, hay contraste de ideas y hay margen para equivocarse. El error deja de ser un problema y pasa a formar parte del camino.

Cómo funciona la metodología: tres fases para implementar un reto

Fase 1: Definir un desafío real, relevante y motivador

Todo empieza con el planteamiento del reto. Aquí es fundamental que el desafío tenga sentido para el alumnado y esté vinculado a una situación reconocible. No hace falta que sea espectacular, pero sí que resulte comprensible y cercano. Un buen reto plantea una pregunta abierta, no tiene una única respuesta correcta y permite abordarse desde distintos enfoques. En esta fase se concretan los objetivos, se delimitan los límites del reto y se aclara qué se espera del proceso.

Fase 2: Investigar la solución y crear un plan de acción viable

Una vez definido el reto, comienza la fase de investigación y análisis. Aquí el alumnado busca información, contrasta fuentes, organiza ideas y empieza a construir posibles soluciones. Durante esta etapa se trabajan habilidades muy concretas, como la planificación, el trabajo en equipo o la toma de decisiones. El objetivo es llegar a una propuesta sólida, realista y argumentada.

Fase 3: Actuar, evaluar y reflexionar sobre el aprendizaje adquirido

La última fase consiste en poner en práctica la solución planteada y analizar el resultado. Aquí el aprendizaje se hace visible. Se comprueba qué ha funcionado, qué no y qué se podría mejorar. La reflexión final es clave para consolidar lo aprendido. Permite tomar distancia, identificar aprendizajes transferibles y cerrar el reto con una mirada crítica.

Beneficios del ABR para el alumno

Desarrollo de competencias clave

El aprendizaje basado en retos permite trabajar competencias de forma integrada y práctica. Hablamos de habilidades como el pensamiento crítico, la comunicación, la colaboración o la capacidad para resolver problemas. No se abordan como conceptos teóricos, sino como herramientas necesarias para avanzar en el reto.

Mayor motivación y compromiso estudiantil

Cuando el aprendizaje tiene un objetivo claro, la implicación aumenta. Los alumnos saben para qué están trabajando y qué papel tiene cada tarea dentro del conjunto. Esto genera un mayor compromiso y una actitud más participativa, porque el proceso no se vive como algo impuesto, sino como un proyecto compartido.

Aprendizaje más duradero y práctico

Al aplicar los conocimientos en un contexto concreto, el aprendizaje se fija mejor. Los contenidos no se olvidan al terminar el tema, porque están asociados a una experiencia real. Se entienden, se usan y se recuerdan. Aprender deja de ser algo puntual y pasa a formar parte de un proceso más amplio.

Preparación para la realidad profesional

Trabajar con retos ayuda a desarrollar una forma de pensar y de trabajar muy cercana a la que se da en entornos profesionales. Planificar, colaborar, tomar decisiones y evaluar resultados son dinámicas habituales fuera del aula. El aprendizaje basado en retos no pretende adelantar la vida laboral, pero sí preparar al alumnado para afrontar situaciones complejas con mayor seguridad.

 

Pensemos en un grupo de alumnos que no estudia “sostenibilidad” como un tema más, sino que trabaja en cómo reducir el consumo energético real de su centro, analizando datos, proponiendo medidas y evaluando su impacto. En ese proceso aparecen los contenidos, las competencias y la reflexión, pero también la sensación de estar haciendo algo que importa.

Desde nuestra experiencia, ese es el punto donde el aprendizaje deja de ser abstracto y se convierte en conocimiento útil, conectado y duradero. Por eso creemos que formarse en este tipo de metodologías es clave para quienes quieren llevar el aula un paso más allá, y nuestras propuestas como el Máster Universitario en Metodologías Activas e Innovadoras profundizan precisamente en cómo diseñar y aplicar estos enfoques de forma sólida y actual.

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